Visitante
como un Dios…
La mandarina es un fruto gozoso. No es el tema. Es el pretexto. Contrasta con el negro.
Visitante
Prólogo a los poemas de Benjamin Gavarre
Adentrarse en Celebración Mandarina es aceptar la invitación de un «Visitante» que no viene a enseñarnos el mundo, sino a desarmarlo y volverlo a nombrar ante nuestros ojos. Benjamín Gavarre escribe desde una trinchera singular: aquella donde la inmensidad del cosmos —las estrellas, Aldebarán, los ángeles cuánticos— se cruza, sin pedir permiso, con el desorden de lo cotidiano, la pantalla encendida de Facebook, un perro llamado Chucho y el cobro de los impuestos.
Uno de los rasgos temáticos más potentes de esta obra es su negativa a separar lo sagrado de lo profano. Para Gavarre, la trascendencia no habita en templos solemnes, sino en el tránsito diario. Un poema puede invocar a las fuerzas del universo para luego, con un guiño de complicidad, pedirnos que compremos un paraguas alado «sin demasiadas calorías». El poeta se reconoce como parte del sol y, al mismo tiempo, como alguien que viaja de polizón, que responde correos o que se toma una cerveza al atardecer. En esta tensión, lo infinito se vuelve íntimo y lo mundano se impregna de una extraña magia.
La figura del visitante recorre estas páginas como un hilo invisible. Es el observador que pasa, el que busca infatigablemente una cara en las esquinas de la noche («Ilusión») y, al no encontrarla, se abraza a la transitoriedad. Pero este viajero no es solemne; es también un «bufón» que sonríe ante el absurdo de la existencia. Hay una aceptación lúdica —e incluso irónica— de la finitud y la muerte. Gavarre no teme al fin, lo entrevista; se burla de los «buitres» que esperan su carne y, con una rebeldía casi Prometeica, decide que mientras tanto, seguirá durmiendo, amando y olvidando.
Estilísticamente, el poemario es un festín de libertad. El autor utiliza el verso libre como un viento que empuja las palabras, a veces acumulándolas en torbellinos vertiginosos y otras dejándolas caer en la brevedad absoluta de un silencio. Destacan:
El collage digital y urbano: El uso de léxico contemporáneo (laptops, redes, clics, viaductos) que ancla la poesía al siglo XXI, demostrando que también en la "selva de publicaciones" de internet puede haber asombro y melancolía.
La vibración cromática: El constante juego con los colores —el azul cobalto, el rojo quieto, la luz verde, y por supuesto, el tono encendido y vital de la mandarina y la pura lava— que actúa como un mapa sensorial para el lector.
El lenguaje como juguete: Los poemas que se fragmentan, que titubean, que se cortan a mitad de frase («...dije eso», «una luz verde en...») o que se desbordan en el juego sonoro de la última pieza, donde «Acá va la vida», «¿Acaba la vida?» y «Ah, Cábala» demuestran que la palabra es, ante todo, un organismo vivo y mutable.
Finalmente, Celebración Mandarina es un canto a la vulnerabilidad. En medio de las batallas, los jueves repetidos y el ruido de la era moderna, el amor aparece como el único refugio verdadero. Un amor que se confiesa cursi sin disculpas, que se comparte en la tibieza de una cama, que se duele en la distancia y que se celebra, simplemente, existiendo.
Gavarre nos deja en claro que la poesía es este «parpadeo lento, simple, interminable». Pasen, pues, a esta celebración de luz y sombra, de mar y asfalto, y déjense habitar por el viento de este entrañable Visitante